Antonia Alcaraz Cabrera – Estudiante adulta en la década de los 60
“Ir a la escuela fue un reto social”
La unionense explica que la sociedad del pasado castigaba a las personas maduras que querían formarse
“De pequeña fui al colegio un solo día, y fue para poder comer el pedazo de pan que se daba allí”. Con esta dura frase resume su educación infantil Antonia Alcaraz Cabrera. Alcaraz, de 80 años y natural de La Unión (Murcia), comenzó a asistir de verdad a una escuela a la edad de 34 años y después de haber tenido tres hijos “que iban al colegio al mismo tiempo”.
Antonia Alcaraz explica que la Guerra Civil, junto con la ignorancia propia de los tiempos, dificultaron su escolarización: “Mi madre nos decía a mis hermanos y a mí que no saliéramos de casa para evitar el frío y los bombardeos”. Pero dice que tampoco pudo formarse cuando terminó el conflicto porque en su casa no había medios, y a los 10 años tuvo que ponerse a trabajar “a cambio de un plato de comida”.
Después de haber trabajado en varios lugares de su propia localidad, la unionense se marchó a Cartagena, la ciudad de al lado, con 16 años para trabajar como sirvienta en la casa del administrador de la Aduana del Puerto de Cartagena. Éste llamaba Don Luís, y Alcaraz dice recordarlo bien. Él y su mujer le repetían una y otra vez que tenía que aprender a leer y escribir: “Pero ¿cómo iba a aprender? Ellos no me mandaban al colegio”, dice enfadada.
Antonia Alcaraz explica que los señores de la casa en la que servía se preocupaban de que fuera a la Iglesia todos los domingos, de hecho debía asistir a tres misas seguidas. “Y del mismo modo en que se aseguraban de que iba a la Iglesia deberían de haberme llevado a una escuela por la tarde, cuando terminaba las labores”, sentencia Alcaraz Cabrera.
La unionense se casó con 20 años y comenzó a encargarse de sus hijos y de las tareas de su propia casa. A la edad de 34 años y con tres niños surgió la oportunidad de aprender a leer y escribir, y Alcaraz cuenta que pasó varios meses en una escuela junto a tres de sus hermanas y otras mujeres del pueblo, ya que era una clase femenina.
Pero había mujeres que se resistían a dejar de ser analfabetas, porque “estaba mal visto que las personas mayores fueran a la escuela”, recuerda Antonia Alcaraz. Salir a la calle con la libreta y el lápiz era “cómo ir desnudo” y provocaba burlas: “Cuando mis hermanas y otras vecinas del barrio nos dirigíamos juntas a la escuela, las mujeres que había por la calle cuchicheaban a nuestras espaldas y se reían”.
Y los problemas que surgían de camino a la escuela eran aún más graves: “Las mujeres que estaban comprando en los comercios pegaban la cara al cristal del escaparate de la tienda para mirarnos y tratar de intimidarnos”. Alcaraz recuerda que en esos momentos muchas de sus compañeras de clase “se escondían la libreta y el lápiz en el bolsillo, debajo de la camisa o poniéndolos a la espalda”.
Un día, Alcaraz Cabrera se decidió a enfrentarse a aquello: “Cogí la libreta en una mano y el lápiz en otra y levanté los brazos de la misma forma en que los toreros cogen la banderillas para clavárselas al toro. Recorrí así toda la calle”. Las mujeres “con las narices pegadas al escaparate” se ruborizaron y se apartaron rápidamente del ventanal, según Antonia Alcaraz. Ésta afirma que el acontecimiento invirtió los papeles, ya que contó la anécdota en clase y esta vez reían las estudiantes adultas y su maestra.
Casi 50 años después de asistir a clases para adultos, Antonia Alcaraz Cabrera dice haberse dado cuenta de que aquella iniciativa formativa fue hipócrita. La unionense tacha el curso para aprender a leer y escribir de estrategia política para “que se viera que la gente de los pueblos estaba atendida y para que pareciera que las personas influyentes de la localidad se ocupaban de los humildes”.
Esta postura se debe a que el curso se basaba en “hacer lo poco que mandaba la maestra doña Justita” en clase y pasar un examen que consistía en “poner el nombre y los apellidos y el nombre del pueblo”. Alcaraz obtuvo así la denominada cartilla de escolaridad, que certificaba que sabía leer y escribir, “pero no era así”, declara.
A día de hoy, Alcaraz explica que sólo sabe escribir su nombre “para hacer la firma” y leer documentos impresos, pero no “letras de carta”. A pesar de todo, recuerda con cariño la experiencia formativa que vivió como adulta, porque está orgullosa de haber superado “el reto social que era ir a la escuela”.
Fotografía: Antonia Alcaraz Cabrera. FORMACIÓN ADULTA
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